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Conoce el Porsche en el que falleció Paul Walker

El Carrera GT no es un Porsche cualquiera ni uno más de los modelos fantásticos que hacen de esa marca una celebridad mecánica. Fue concebido a finales de los años 90 cuando los motores con 10 cilindros en V estaban en boga en la Fórmula 1 y Porsche estaba involucrada en el tema planeando proveer con sus máquinas al modesto equipo Footwork. Su nacimiento fue una sorpresa total y Porsche la hizo más exótica. 


Un 25 de septiembre del año 2000, los periodistas que estábamos prestos para cubrir el Salón de París que abría sus puertas ese día, fuimos invitados a un desayuno en un hall que hay bajo la pirámide de cristal del Museo del Louvre.
Pensábamos que iban a mostrar su primera camioneta SUV, que suponía un cisma en una marca de autos deportivos y sobre la cual había rumores. Pero, en cambio, empezó una reseña en vivo en las pantallas con un carro sin capota que venía por los Campos Elíseos hacia el Louvre, luces encendidas, zigzagueando en el tráfico que apenas se despertaba. Instantes después, el auto se estacionó al lado de la pirámide y bajó de la cabina Walter Röhrl, excampeón mundial de los rallies de 1980 y 1982 y ahora el piloto de mostrador y de pruebas oficial de Porsche.
Empapado y tiritando, pues el termómetro tampoco se había levantado de ceros, Röhrl nos describió el auto como algo fantástico e insuperable. Desde ese momento, el único ejemplar que existía, aún un prototipo, ya estaba inscrito en la lista de los grandes supercarros con la sola lectura de su ficha técnica: 5,5 litros de cilindrada repartidos en 10 pistones, 8.200 revoluciones autorizadas, 558 caballos de potencia iniciales, que luego subiría a 651 (para hacerse una idea, un carro promedio está alrededor de los 100 caballos), caja de seis velocidades, llantas anchísimas en rines enormes, todo atornillado a una cabina que hace las veces de chasís fabricada en fibra de carbono. Era el último grito de la tecnología.
Del Carrera GT vinimos a saber apenas en el 2003 porque su fabricación solo se decidió luego de los favorables comentarios que recibió en ese salón y por el apetito que generó en muchas chequeras ávidas de comprar estos juguetes suntuarios y caprichosos. Por un Carrera GT había que girar medio millón de dólares, y puede que ese siga siendo el precio de los ejemplares sobrevivientes que hay ahora en el mercado del usado. Mercado en el que, a pesar de su conocida cuota de accidentes y sus ariscos modales, deben de ser bastantes, pues se fabricaron 1.300 modelos en el curso de tres años. Su producción se suspendió porque la cabina no tenía la estructura para recibir los equipos de seguridad, que ya en el 2005 eran imperativos, como los airbags y las ayudas electrónicas de conducción.
Precisamente en esa coyuntura se fragua su peligrosidad. Cualquier carro de Porsche, Ferrari, Lamborghini, McLaren u otro que ponga más de 500 caballos en un cuerpo que apenas pesa 1.250 kilos, como el del Carrera GT, está entregando un arma letal. Basta un exceso en el acelerador y la fuerza del motor hace patinar las llantas traseras y el carro empieza a hacer trompos. Y si uno logra que arranque en línea recta, en apenas 4 segundos o menos estará a 100 kilómetros por hora; en 10 segundos, a 200, y si sigue acelerando, se clava como una flecha en el paisaje a un promedio de más de ¡330 kilómetros por hora! Un parpadeo, una frenada o timonazo brusco a esas velocidades rara vez tienen perdón, al menos para el carro.
Proyectil sin control
¿Cómo es posible que mientras más sofisticado, avanzado y costoso sea uno de esos aparatos, a la vez resulte ser un peligro si quien lo conduce no es experto, y aun si es experto y acróbata, como podían ser Paul Walker y Rodas, se convierte en un bumerán asesino? Es la ley de la física. 
Todo automóvil viaja sobre cuatro pequeños parches de caucho de extensión infinita mientras estén girando. Pero esas llantas, a medida que son más anchas y sofisticadas, son más difíciles de manejar. Una rueda hecha para el ciudadano del común y el auto del día a día tiene una capacidad de adherencia al piso con un margen muy amplio en el cual se perdonan todos los errores, abusos y chambonadas. Pero a medida que las llantas se vuelven más eficientes y los carros necesitan que sean mucho más anchas para poder pasar la potencia, la dirección y las órdenes de frenado al piso, igualmente son más complicadas. Cuando se exceden sus límites el carro se vuelve un proyectil sin control. Como es tan difícil para un automovilista del común conocer ese límite, hoy los carros de esas estirpes y también los más banales tienen controles de tracción, de estabilidad, de antibloqueo de las ruedas en el frenado, que limitan automáticamente la potencia que está llegando a las ruedas y hacen correcciones de manejo para evitar que el auto derrape y se estrelle.
No existían esas ayudas cuando se concibió el Carrera GT y tal vez Rodas, el compañero de Walker, un piloto experimentado y quien conducía el carro, excedió alguna maniobra y perdió el control del vehículo, que luego chocó contra un poste con tal fuerza que se partió en dos; y como el tanque de gasolina va a las espaldas de los ocupantes y por delante del motor de la parte central trasera, se desprendió, se rompió y el combustible se incendió con alguna chispa. Fueron una cadena de fatalidades y una violencia inusitada del impacto, generado por una altísima velocidad, lo que desintegró el aparato y a su tripulación. Eventualmente, el accidente habría sido otro más para agregarlo a la nutrida galería que tiene el Carrera GT en internet.  Allí reposan cientos de imágenes de este carro y de Ferraris incendiados sin explicación válida, Lamborghinis, Bentleys y muchos más.
Estos juguetes son como las armas. No representan peligro mientras no se apriete el gatillo, y para hacerlo hay que saber lo que hay más allá de las balas. Son autos de competencia camuflados para uso en las calles, pero esa ropa urbana no excluye que al timón deba ir un profesional si se quieren conocer y explotar todas sus capacidades, lo que no es frecuente entre sus propietarios, que suelen usarlos con muy poco acelerador.
Además, porque son autos vitrina en los que muchos quieren ser vistos y para ello, nada mejor que rodar despacio.
La velocidad es una ciencia. Conducir rápido es un acto que hay que hacer con mucho cálculo y en sitios adecuados. Nunca será una mezcla correcta tratar de ir al mismo tiempo rápido y furioso.

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